Dejando atrás los programas de emprendimiento

Siempre he dado a mis artículos un tono práctico, didáctico, enfocado a responder preguntas que resulten de utilidad a los lectores y, aunque ese será el tono de algunos de los artículos del blog que inauguro, en esta ocasión me gustaría aportar un tono algo más personal al contenido.

Quiero que no solo sea un fast food de artículos que abrirás una sola vez para resolver una duda puntual, y que jamás volverás a visitar a menos que vuelvas a encontrarlo de casualidad en una búsqueda en Google.

Quiero aportar mi versión de los hechos, para que aquellas personas que como yo se hayan aventurado en la laguna del emprendimiento y no se reconozcan en las historias de éxito, encuentren un lugar donde se sientan identificadas.

Y con ello no quiero desmerecer las historias de éxito de aquellos que con su esfuerzo han logrado alcanzarlo, al contrario, espero traer muchas y compartirlas. Pero es cierto que a veces ese camino hacia el éxito se dilata más de lo que nos gustaría (y vamos a referirnos a que el proyecto sea económicamente autosostenible, ya nos pondremos filosóficos en otra ocasión). En muchas ocasiones es este camino, las piedras y charcos de barro, los que desgastan el espíritu emprendedor.

Al fin y al cabo, ser emprendedor es una actitud. Algunos emprendedores se lanzan con sus propios proyectos, y otros prefieren aportar esas ganas de crear y crecer a proyectos de otros. Está bien. Son opciones.

Pero hay un punto del que todos partimos: No saber absolutamente nada de negocios.

No pretendo que este artículo sea excesivamente largo, así que daré una pincelada sobre mi experiencia justo cuando estaba en ese punto de total ignorancia.

Claro que sí, había terminado mi carrera universitaria en el campo de la economía, había leído algunos libros de grandes empresarios y casos de éxito (que en este punto eran más motivacionales que otra cosa), seguía muchos blogs y contenido para emprendedores, me formaba en disciplinas que la educación reglada no contempla en sus temarios, y asistido a alguna formación sobre emprendimiento, incluso trabajé en un proyecto que había nacido bajo esa premisa de la escalabilidad.

El gusano del emprendimiento me había picado pero bien.

¿Y qué pasó?

Entré en un programa de emprendimiento. Y… da igual lo que te enseñen, lo que te digan los mentores, los modelos de lean start up que elabores… Si es tu primero proyecto emprendedor las posibilidades de que te lo comas con papas son bien altas.

Ahora entiendo la importancia que dan los inversores a las personas que están detrás de un proyecto.

Ahora entiendo tantas cosas…

En lo personal este fracaso ha servido como lanzadera, no de mi propuesta en aquel momento, sino de la visión de llegar a conocer todo lo necesario para gestionar y lanzar proyectos y negocios. He aprendido que esas sesiones tan solo eran la punta del iceberg, y casi me alegro de no haber tenido éxito.

¿Recomiendo los programas de emprendimiento?

La respuesta es «sí».

Pero ten en cuenta que hay vida más allá de ellos. Son como la muestra de colonia que viene entre las páginas de las revistas, podrás saber como huele la fragancia, pero terminará pronto.

Por eso, si tienes la oportunidad, te recomiendo acceder a algún programa gratuíto o subvencionado en el que puedas atisbar ese mundo de la startup y empaparte de ese conocimiento introductorio que, como emprendedor, tendrás que desarrollar cuando tú también hayas dejado atrás los programas de emprendimiento.